Ha nacido oficialmente El Desvelo Ediciones. Y de su matriz ha salido ya un pequeño libro (¿blanco, peludo? Noooooooooo). Es magia, es una apuesta y nos hemos sentido acompañados.
Esa peña, gracias. Sin poesía y porque sí.
Aquí están los contactos, algunos en marcha y otros en camino. Esperamos compañía.
mailto: eldesveloediciones@gmail.com (provisional)
www.eldesvelo.com (en construcción)
blog: eldesvelo.wordpress.com
BESUCOS
martes, 10 de noviembre de 2009
martes, 16 de junio de 2009
Muerte solitaria en un bolsillo
No parpadea. A lo sumo, un pitido te informa de que la batería está a punto de acabarse, de que tu teléfono móvil está próximo a una muerte temporal aunque inquietante.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
viernes, 12 de junio de 2009
Noche en vela
Cuando la improvisación consiste en trasladar el puré de verduras del menú del martes al menú del miércoles. Cuando la locura se mide con el reloj de pulsera. Cuando la espontaneidad queda apuntada en la agenda o en la PDA. Cuando lo ingenuo se esconde. Cuando una risa a destiempo es reveladora y muy demostrativa. Cuando la vida cuelga de una percha con sistema antipolilla. Cuando el coro de los demás te avisa del tremendo e irreparable disparate que vas a cometer y asientes, agradecido, y relajas el gesto. Cuando se mira en derredor y cientos de sonrisas horizontales aplauden tu silencio. Cuando defines inmadurez. Cuando llegas a casa, enciendes la luz fluorescente, y la armonía de los tonos tierra, la encimera que resplandece y las especias alineadas por orden alfabético te dan asco. Y vomitas. Y dudas. Y lloras porque los jugos gástricos pueden corroer el esmalte que hace brillar las baldosas de la cocina.
martes, 12 de mayo de 2009
Soledades difíciles
Ojos tristes, infinitamente tristones, con una inmensidad de piedra para abarcar. Lleva varios días en que apenas mueve las orejas. Se pasea despistado, disimulando su amargura, su pesadumbre, su tedio. A su alrededor, apenas nadie, apenas nada. Y ni un sólo congénere en cientos de kilómetros a la redonda. El único cerdo de Afganistán dibuja la desdicha con el rabo. Se aburre. Está solo en un país donde es un animal impuro y exótico. Y ahora, para más inri, señalado por una pandemia. Le han aislado. Nadie va a verlo gruñir ni dar saltitos. Creen las gentes que posar la mirada sobre su piel dura, rosada por momentos, les hará estornudar. Creen las gentes que mirarlo de frente, de costado o por detrás, les pondrá de repente enfermos. El cerdo de Afganistán, en su jaulita del zoológico de Kabul, es un proscrito por partida doble. Nunca aspiró a caer bien exceso, a pesar de ser un regalo, pero no a esto... La suya es una soledad difícil, parece que va para largo. Por las mañanas, mira al cielo pero no le alivia en absoluto.
miércoles, 22 de abril de 2009
El arquitrabe
Uno vive entre gentes pomposas. Hay quien habla
del arquitrabe y sus problemas
lo mismo que si fuera primo suyo—muy cercano, además.
Pues bien, parece ser que el arquitrabe
está en peligro grave. Nadie sabe
muy bien por qué es así, pero lo dicen.
Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.
Hay quien habla, también, del enemigo:
inaprensibles seres
están en todas partes, se insinúan
igual que el polvo en las habitaciones.
Y hay quien levanta andamios
para que no se caiga: gente atenta.
(Curioso, que en inglés scaffold
signifique a la vez andamio y cadalso.)
Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero ¿cómo se atreve?
¡El arquitrabe!
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
Grande.
del arquitrabe y sus problemas
lo mismo que si fuera primo suyo—muy cercano, además.
Pues bien, parece ser que el arquitrabe
está en peligro grave. Nadie sabe
muy bien por qué es así, pero lo dicen.
Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.
Hay quien habla, también, del enemigo:
inaprensibles seres
están en todas partes, se insinúan
igual que el polvo en las habitaciones.
Y hay quien levanta andamios
para que no se caiga: gente atenta.
(Curioso, que en inglés scaffold
signifique a la vez andamio y cadalso.)
Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero ¿cómo se atreve?
¡El arquitrabe!
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
Grande.
martes, 3 de febrero de 2009
Hay Días Que No
Holly Golightly tenía días rojos y Marcel Proust, negros zahínos. Hay días que no, en las que las cosas no son, no salen, se enconan, díasqueno, que no acaban, que se estiran como chicles sin sabor, que se sabe que no desde el principio y se viven de medio lado, días de voces disonantes, llenas de desdén, voces que no callan y martillean los parietales, días en que las manos no se tienden, sólo se contraen, días de mierda, de asco y de pegas, días en que duelen las muelas del juicio que te sacaron hace seis años, en los que te abrasan las cuencas de los ojos, en los que te pesan brazos y piernas pero justo el autobús pasa tres minutos antes, días en que el de la derecha no entiende y el de la izquierda suspira, días de ruina, días de llorar en los que el lagrimal está falto de existencias, en los que todo es frívolo pero no hace gracia, aunque se sonríe porque el día no da para disimulos, días en que las palabras resbalan hasta el suelo y se pisan, y te las llevas en la suela y no te das ni cuenta, días en los que suena brown eyed girl y el cielo se cierra....
jueves, 15 de enero de 2009
Y sin embargo, crece

Cada miga, cada esponjosa partícula, consistente y frágil al mismo tiempo, era, hora y media antes, un grumo pegajoso e igualmente sabroso. Cuatro huevos, el mismo peso en harina, el mismo en azúcar, un sobre de levadura, ralladura de limón, una charla distendida y la luz tenue de la cocina obraron el milagro. En la mezcla, pastosa, pereció la tarde. En la mezcla, dulce y granulada, se consumió el discurso. En la mezcla, inmensa, falleció la rutina.
Y sobre el molde, desafiando la incredulidad y la alucinación congelada, nació el bizcocho.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)