jueves, 16 de agosto de 2012
Lo he descubierto por casualidad esta tarde. Tu olor es el del suavizante del Mercadona. Así que me he tenido que parar un momento frente a la estantería del supermercado para decidir si llevarte untado en los jerseys y las toallas, o cambiarte por el frescor de lavanda, que es algo más caro y la etiqueta promete trasladarte a una pradera suiza.
domingo, 2 de mayo de 2010
Con Idea
Hay una foto en blanco y negro de Idea Vilariño en la que reposa de costado en un sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo. De lado y colgada en la red, parece sostener a quien la retrata. Pero a pesar de su no verticalidad proyecta una enorme fuerza hacia delante, empuja con los ojos a quien la mira y lo tira al suelo. "Lo que mejor recuerdo de Montevideo es la mirada de Idea Vilariño", escribió Antonio Muñoz Molina después de que la poeta uruguaya muriera el pasado año, a los 89, después de celebrar en decenas de poemas el amor y la muerte.
Supe de ella poco antes de que muriera, a pesar de que caminó de la mano de Juan Carlos Onetti o Mario Benedetti, bajo el paragüas de la Generación del 45 uruguaya. La he mirado a los ojos en las fotos en blanco y negro que salpican la red. He leído su poesía, algún ensayo. Y me he caído de espaldas. Y tumbada he podido celebrar el amor y la muerte con idea.
YA NO SERÁ
Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.
martes, 10 de noviembre de 2009
Ya está aquí, ya llegó.
Ha nacido oficialmente El Desvelo Ediciones. Y de su matriz ha salido ya un pequeño libro (¿blanco, peludo? Noooooooooo). Es magia, es una apuesta y nos hemos sentido acompañados.
Esa peña, gracias. Sin poesía y porque sí.
Aquí están los contactos, algunos en marcha y otros en camino. Esperamos compañía.
mailto: eldesveloediciones@gmail.com (provisional)
www.eldesvelo.com (en construcción)
blog: eldesvelo.wordpress.com
BESUCOS
Esa peña, gracias. Sin poesía y porque sí.
Aquí están los contactos, algunos en marcha y otros en camino. Esperamos compañía.
mailto: eldesveloediciones@gmail.com (provisional)
www.eldesvelo.com (en construcción)
blog: eldesvelo.wordpress.com
BESUCOS
martes, 16 de junio de 2009
Muerte solitaria en un bolsillo
No parpadea. A lo sumo, un pitido te informa de que la batería está a punto de acabarse, de que tu teléfono móvil está próximo a una muerte temporal aunque inquietante.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
viernes, 12 de junio de 2009
Noche en vela
Cuando la improvisación consiste en trasladar el puré de verduras del menú del martes al menú del miércoles. Cuando la locura se mide con el reloj de pulsera. Cuando la espontaneidad queda apuntada en la agenda o en la PDA. Cuando lo ingenuo se esconde. Cuando una risa a destiempo es reveladora y muy demostrativa. Cuando la vida cuelga de una percha con sistema antipolilla. Cuando el coro de los demás te avisa del tremendo e irreparable disparate que vas a cometer y asientes, agradecido, y relajas el gesto. Cuando se mira en derredor y cientos de sonrisas horizontales aplauden tu silencio. Cuando defines inmadurez. Cuando llegas a casa, enciendes la luz fluorescente, y la armonía de los tonos tierra, la encimera que resplandece y las especias alineadas por orden alfabético te dan asco. Y vomitas. Y dudas. Y lloras porque los jugos gástricos pueden corroer el esmalte que hace brillar las baldosas de la cocina.
martes, 12 de mayo de 2009
Soledades difíciles
Ojos tristes, infinitamente tristones, con una inmensidad de piedra para abarcar. Lleva varios días en que apenas mueve las orejas. Se pasea despistado, disimulando su amargura, su pesadumbre, su tedio. A su alrededor, apenas nadie, apenas nada. Y ni un sólo congénere en cientos de kilómetros a la redonda. El único cerdo de Afganistán dibuja la desdicha con el rabo. Se aburre. Está solo en un país donde es un animal impuro y exótico. Y ahora, para más inri, señalado por una pandemia. Le han aislado. Nadie va a verlo gruñir ni dar saltitos. Creen las gentes que posar la mirada sobre su piel dura, rosada por momentos, les hará estornudar. Creen las gentes que mirarlo de frente, de costado o por detrás, les pondrá de repente enfermos. El cerdo de Afganistán, en su jaulita del zoológico de Kabul, es un proscrito por partida doble. Nunca aspiró a caer bien exceso, a pesar de ser un regalo, pero no a esto... La suya es una soledad difícil, parece que va para largo. Por las mañanas, mira al cielo pero no le alivia en absoluto.
miércoles, 22 de abril de 2009
El arquitrabe
Uno vive entre gentes pomposas. Hay quien habla
del arquitrabe y sus problemas
lo mismo que si fuera primo suyo—muy cercano, además.
Pues bien, parece ser que el arquitrabe
está en peligro grave. Nadie sabe
muy bien por qué es así, pero lo dicen.
Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.
Hay quien habla, también, del enemigo:
inaprensibles seres
están en todas partes, se insinúan
igual que el polvo en las habitaciones.
Y hay quien levanta andamios
para que no se caiga: gente atenta.
(Curioso, que en inglés scaffold
signifique a la vez andamio y cadalso.)
Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero ¿cómo se atreve?
¡El arquitrabe!
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
Grande.
del arquitrabe y sus problemas
lo mismo que si fuera primo suyo—muy cercano, además.
Pues bien, parece ser que el arquitrabe
está en peligro grave. Nadie sabe
muy bien por qué es así, pero lo dicen.
Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.
Hay quien habla, también, del enemigo:
inaprensibles seres
están en todas partes, se insinúan
igual que el polvo en las habitaciones.
Y hay quien levanta andamios
para que no se caiga: gente atenta.
(Curioso, que en inglés scaffold
signifique a la vez andamio y cadalso.)
Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero ¿cómo se atreve?
¡El arquitrabe!
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
Grande.
martes, 3 de febrero de 2009
Hay Días Que No
Holly Golightly tenía días rojos y Marcel Proust, negros zahínos. Hay días que no, en las que las cosas no son, no salen, se enconan, díasqueno, que no acaban, que se estiran como chicles sin sabor, que se sabe que no desde el principio y se viven de medio lado, días de voces disonantes, llenas de desdén, voces que no callan y martillean los parietales, días en que las manos no se tienden, sólo se contraen, días de mierda, de asco y de pegas, días en que duelen las muelas del juicio que te sacaron hace seis años, en los que te abrasan las cuencas de los ojos, en los que te pesan brazos y piernas pero justo el autobús pasa tres minutos antes, días en que el de la derecha no entiende y el de la izquierda suspira, días de ruina, días de llorar en los que el lagrimal está falto de existencias, en los que todo es frívolo pero no hace gracia, aunque se sonríe porque el día no da para disimulos, días en que las palabras resbalan hasta el suelo y se pisan, y te las llevas en la suela y no te das ni cuenta, días en los que suena brown eyed girl y el cielo se cierra....
jueves, 15 de enero de 2009
Y sin embargo, crece

Cada miga, cada esponjosa partícula, consistente y frágil al mismo tiempo, era, hora y media antes, un grumo pegajoso e igualmente sabroso. Cuatro huevos, el mismo peso en harina, el mismo en azúcar, un sobre de levadura, ralladura de limón, una charla distendida y la luz tenue de la cocina obraron el milagro. En la mezcla, pastosa, pereció la tarde. En la mezcla, dulce y granulada, se consumió el discurso. En la mezcla, inmensa, falleció la rutina.
Y sobre el molde, desafiando la incredulidad y la alucinación congelada, nació el bizcocho.
martes, 9 de septiembre de 2008
Empeños en la tercera fase

Empeñadísimos en que aquella amalgama de pasión, empieces sin rumbo, roces, grandilocuencias amorosas, torrentes de arrumacos, discusiones sobre lo divino y lo humano y ósculos sin dirección se consolidara... ni siquiera atisbaron la enorme distancia que, desde el primer instante, separaba sus vidas. Llovía para uno mientras lucía un sol de justicia para el otro. Cantaba el pájaro y agonizaba al mismo tiempo.
Y mientras el tiempo les permitió seguir con aquella miopía tan placentera se fortaleció su historia, que seguía en paralelo pero a cientos de kilómetros de distancia. Una mañana, mientras la cafetera borboteba y dos tazas esperaban sobre el mantel de cuadros, ambos decidieron casarse por lo civil.
miércoles, 30 de julio de 2008
Sueño de un mediodía de verano
jueves, 26 de junio de 2008
Sube y baja
Bajar es subir. Bajar por el mapa, subir en altitud. Bajarse el pantalón, subirse los calores. Bajar la guardia, subir el peligro (?). Bajar la temperatura, subirse la cremallera. Bajar el paro, subir la cuenta (?). Bajar la vista, subir el libro. Bajar, subir.
martes, 20 de mayo de 2008
Pendiente de
Primera imagen. Un yorkshire mira fijamente, al otro lado de la puerta de cristal, a un boxer que, inmovilizado por una correa en tensión, no deja de observarle. Segunda imagen. Mientras un grupo de adultos relata, detalle a detalle, los acontecimientos de la semana alrededor de cuatro vasos de vermú, una adolescente, hija de uno de las parejas de labia de domingo, repasa una y otra vez el archivo completo de mensajes de texto de su móvil. Tercera imagen. Una cometa sin dueño pende de la rama de un árbol. Cuarta imagen. La cajera del supermercado queda eclipsada por un trozo de cielo azul que alcanza a ver desde su silla ergonómica. Quinta imagen. Una mujer se comen las uñas y bosteza mientras atiende una llamada de teléfono. Sexta imagen. Cuatro mandos a distancia, de otros tantos aparatos, esperan ordenados por tamaño, la llegada de la mano ejecutora en la mesita de una sala de estar. Séptima imagen. Diez fechas del calendario de la cocina señaladas con un círculo, grueso trazado con rotulador azul marino. Octava imagen. Una cola de treinta personas, con camisetas verdes, blancas y marrón arena, espera en una tienda de ropa y complementos para pagar en caja. Novena imagen. El pitido de una batería que se acaba.
domingo, 11 de mayo de 2008
No te comas la menta
No tuve valor para no responder al mensaje, que llegó de madrugada y a traición. Ahora que me sentía fuerte tenía que decirle que se había evaporado de mi mente, que no recordaba ni su pecho, ni sus manos, ni sus enormes dientes blancos, ni su tacto (a veces rugoso, a veces insultantemente suave), ni su cara de sueño por la mañana, ni sus carcajadas estrepitosas siempre a destiempo. No tuve valor para callarme que había deshecho el nudo; que ya no me dolía que no supiera lo que hacer. Nada más elegir la opción 'aceptar' y ver volar el sobre hacia el sur, deseé haber tenido coraje para enmudecerme de una vez por todas y no seguir mostrando más cartas en un juego en el que ni siquiera se puso un tapete. Pero ya era tarde: las ondar electroloque sea habían hecho su trabajo.
Decidí pedir otro mojito. No era, en absoluto, la mejor solución, sólo la única posible en la ciudad de los corros y los meteorólogos inquietos. Después de masticar el hielo y las escasas hojas de menta que flotaban a desgana, me sentí un poco peor, pero mucho más tranquila.
"Tengo que comprar una cámara digital". Decidí pensar en eso y en los millones de momentos absurdos que podría inmortalizar con el aparatejo. Y en los millones momentos absurdos que me perdería.
"¿Otro mojito?". A mi lado, ella no intuía la descalabrada actividad mental que me acompañaba aquella noche.
"Sí".
"Pero no te comas la menta".
"Vale".
Decidí pedir otro mojito. No era, en absoluto, la mejor solución, sólo la única posible en la ciudad de los corros y los meteorólogos inquietos. Después de masticar el hielo y las escasas hojas de menta que flotaban a desgana, me sentí un poco peor, pero mucho más tranquila.
"Tengo que comprar una cámara digital". Decidí pensar en eso y en los millones de momentos absurdos que podría inmortalizar con el aparatejo. Y en los millones momentos absurdos que me perdería.
"¿Otro mojito?". A mi lado, ella no intuía la descalabrada actividad mental que me acompañaba aquella noche.
"Sí".
"Pero no te comas la menta".
"Vale".
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